Opinión
El falso debate

La estigmatización de las niñas, niños y jóvenes en la sociedad

Para no delinquir, un niño debe crecer y desarrollarse en condiciones de educación y alimentación, recibir el afecto y la contención de sus padres.

Por José Luis González, de la redacción de NOVA

La historia está llena de repeticiones, y pocas pertenecen al orden de la comedia. Ayer, la teoría de los dos demonios; hoy, la baja de imputabilidad.

Uno de los temas más instalados por los medios masivos de comunicación es el “problema de la inseguridad”. Desde la radio, la televisión y los diarios se exponen permanentemente casos donde se representa a las niñas, niños y jóvenes, como si fueran los responsables de la violencia en las calles.

Las noticias no suelen incluir datos estadísticos serios, no se contextualizan los hechos, no se tiene en cuenta la opinión de los chicos y las chicas, no se recurre a fuentes alternativas de información, como las que brindan las agencias de movimientos sociales que refieren otra perspectiva del tema.

Un claro ejemplo de esta práctica periodística, es que cuando se habla de los niños y la violencia en los medios masivos de comunicación, no se contextualiza con datos estadísticos sobre la situación de vulnerabilidad en materia de educación, salud y cultura.

Si bien es difícil encontrar datos certeros sobre la niñez en el país, la violencia suele estar descontextualizada y los informes especiales que ahondan en la problemática no alcanzan el 10 por ciento de las notas publicadas en los diarios.

No se tiene en cuenta las poblaciones más vulnerables de niños y niñas, como las que integran los pueblos originarios o comunidades de inmigrantes, que además de ser discriminados racialmente, suelen sufrir las peores condiciones socioeconómicas.

Por ejemplo, las niñas, niños y jóvenes bolivianos, peruanos y paraguayos no acceden a la Asignación por Hijo si no tienen una residencia de 10 años en el país.

Además, para referirse a niños en situación de violencia, la mayoría de los medios masivos suelen recurrir a la Policía y a la Justicia, luego a los especialistas, después a los padres o madres, y por último al infante o joven.

La voz de los chicos en las noticias que hablan sobre ellos, ha sido muy escasa en los últimos años, por no decir siempre. En estos días, la toma de los colegios en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue tapa de todos los diarios capitalinos. Es decir que si el joven roba es peligroso, pero si lee o si hace política también es peligroso.

¿No se asemeja un poco con aquel 16 de septiembre, “noche de los lápices” en que un operativo militar secuestró, torturó e hizo desaparecer a jóvenes que reclamaban por una educación igualitaria?

A pesar de aquella herida que nunca cicatrizó, los medios y los sectores de poder concentrado, siguen proponiendo como solución a la inseguridad, bajar la edad de imputabilidad, siguen estigmatizando a los menores, muchas veces nombrando a chicos en conflicto con la ley como “rateritos”, “delincuentes precoces”, “niños asesinos”, “pibes chorros”, “pirañas”, “pibas narcos”, “sediciosos” o “no están capacitados” (en términos de Eduardo Feimann a propósito de los colegios tomados).

Estos sectores tampoco razonan que para no delinquir, un niño debe crecer y desarrollarse en condiciones de educación y alimentación, recibir el afecto y la contención de sus padres (o familia ampliada en la medida de las posibilidades) en una vivienda digna, y socializar en una espacio territorial donde no se los empuje a la marginación, donde se les brinden los derechos fundamentales que hacen a su plenitud y a la construcción de su autonomía.

El debate está abierto, pero las verdaderas soluciones aún no llegan. Es hora que la acción supere la desigualdad. Ningún pibe nace chorro y el Estado no puede mirar para otro lado.

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